miércoles, 24 de diciembre de 2008

Recuperemos la ilusión

Es muy corriente escuchar a jóvenes desencantados con los políticos actuales. Somos el futuro y sin nuestro compromiso será imposible relevar a la clase actual. No veo claro que en un futuro a medio plazo, cuando la gente de más de 50 años esté jubilada, los partidos políticos puedan presentarse en todos los ayuntamientos en los que lo hacen ahora. Puede que se potencien nuevas formas de participación política como plataformas populares, sin una ideología concreta, cuyo objetivo sea el gestionar ciertas administraciones como ayuntamientos o concejos. O puede que siga como ahora que, votemos o no, los partidos políticos siguen comandando el país sea cual sea el apoyo popular recibido. Porque está claro que los jóvenes estamos desilusionados con nuestros dirigentes.

Los jóvenes seguimos, mayoritariamente, la vida política desde la barrera. No nos casamos con nadie o, simplemente, no nos interesa la política. La militancia da pereza, preferimos emplear el tiempo en nuestras cosas particulares, y los partidos nos parecen unos entes ajenos a nosotros. Además, no hay tiempo para dedicarse a pensar en los problemas de los demás. Pero no sólo eso, la política es aburrida y los políticos son unos vagos que se enriquecen a nuestra costa. Nada más lejos en la realidad, bien es cierto que hay quien se sirve del ciudadano, pero son una minoría puesto que detrás de cada propuesta, enmienda o ley hay mucho trabajo ‘sucio’ por detrás. Parece que lo que no sale en los medios no existe. Los jóvenes también vemos a la clase política alejada de la sociedad actual. Creemos que están estancados en debates baladíes y que no se centran en lo que importa a la ciudadanía. En muchos casos es cierto, pero en otros casos es la obsesión de los medios con ciertos temas de interés popular lo que nos hace creer esto. En el Parlamento se discuten muchas más leyes de las que salen en el Telediario. Es más, la mayoría de leyes y propuestas no salen en los medios y las que salen son explicadas muy superficialmente. Los medios tienen, en cierta medida, la culpa del aburrimiento popular.

Los medios han centrado el debate político, lo que el ciudadano medio sigue, en cuatro temas concretos y alguno que surge según la coyuntura. Esos debates son los que dan votos y son debates simples y poco enriquecedores para el ciudadano. Suelen ser discusiones llenas de tópicos y superficiales que los medios distorsionan según el interés. Las alocuciones son sesgadas y se potencia a algunos borrando del mapa a otros sin mayor criterio que la conveniencia. No hay más que preguntar al ciudadano medio por esos temas, como puede ser el conflicto vasco, para ver que una gran parte de la ciudadanía sólo suelta tópicos y, en lugar de dar argumentos, afirma categóricamente sin tener en cuenta que existen los matices o que puede que no tenga ni idea. Porque el resultado del debate público es previsible. Se sabe cómo va a acabar. Y dan igual los argumentos porque el rodillo de la masa, muchas veces lleno de mediocridad, se impone ante lo que utilizan la lógica como medio. Este estancamiento hace que el ciudadano se aburra. Por otro lado, la facilidad con la que se destruye en política hace que la gente se desilusione. Las grandes argumentaciones y propuestas generosas quedan relegadas al ostracismo por respuestas destructivas. Muchos se encierran en sus siglas y han perdido el concepto de país y la responsabilidad política. Con tal de ganar votos relegan a un segundo plano los intereses del ciudadano (las cajas vascas). Aunque los ciudadanos no somos menos ya que nuestros prejuicios nos hacen desechar una propuesta por el que la propone y no por su peso. Además, como bien he dicho antes, las propuestas son poco y mal explicadas. Se dan cuatro pinceladas sobre el tema y se intenta simplificar hasta el extremo pero sin matices. Salvo casos como el de Leopoldo Abadía y sus crisis ninja, pocos han sido los que nos han explicado a los ciudadanos medios qué nos ocurrirá ahora que se supone nuestra economía va a pique.

Esa desinformación o mala información o información incompleta, unida a sensaciones como que los políticos viven en su mundo o que estamos estancados hacen que los jóvenes, que soñamos con cambiar el mundo, dejemos de lado la política. Asimismo, esa falsa creencia de que podemos cambiarlo nos desanima. Esa sensación no es más que artificial ya que, como todos sabemos, nada cambia de la noche a la mañana. Y menos en un mundo individualista como el de ahora. Porque vivimos sin conciencia política y con una conciencia demasiado materialista. Por eso, creo que habría que enseñar pedagogía política: diferencia la realidad del sueño y la estrategia de la ideología. La segunda debe basar la primera, sobre todo, porque la primera es particular y la segunda general. Eso que es que cada uno tiene su ideología y que todos vivimos en sociedad. Además, los medios deberían ser los pedagogos, ya que ellos son la correa de transmisión entre los políticos y nosotros, ellos deben ser los que nos muestren los entresijos de la realidad para así poder afrontarla sin llevarnos tal desilusión. Tenemos que recuperar la ilusión por dirigir este país, la ilusión por llevarlo hacia delante y la ilusión por renovarlo. Los jóvenes somos el futuro, es cierto, pero tenemos que formarnos para ser el presente. Porque sin presente no hay futuro y sin futuro no hay progreso. No podemos quedarnos de lado ni estancarnos. Tenemos que construir una Euskadi real que sea fuerte y competitiva. Entre todos.

1 comentario:

Nerea Alonso dijo...

Espero que "todos" seamos por fin todos.