En la época actual, a diferencia de las anteriores, la educación y las nuevas tecnologías han socializado la cultura. Tenemos, en teoría, los medios suficientes para tener una base que nos permita, al menos, entender generalidades. Pero eso no impide que nuestras carencias sean copiosas, ya que cuanto más sabemos; más desconocemos. Es un axioma sencillo, porque en cuánto crece nuestra preparación se amplían nuestros horizontes intelectuales. ¿Axioma o paradoja?
Aun así, el hombre humano es petulante por naturaleza. Pensamos que por subir un peldaño en la carrera infinita por el saber infinito hemos alcanzado la cima o, por lo hemos, que podemos montar un campamento base en el que aposentarnos. No es mala idea. El cerebro, al igual que las demás partes del cuerpo humano, necesita descanso. No obstante, el problema viene cuando creemos que nuestra mediocridad es sabia y pasamos de opinar a sentar cátedra; cuando creemos saber y dejamos de “no saber nada”. Esa soberbia, hija de la vanidad, nos condena al autismo intelectual. Pensar en nuestra erudición y dejar de escuchar a los demás es el primer paso hacia el deceso intelectual.
Y este defecto ocurre en nuestra sociedad actual. Tenemos en los medios de comunicación a muchos hombres y mujeres, con sus nombres y apellidos, que postulan sobre temas que desconocen. Son “catedráticos de manual”. Basan sus argumentos en banalidades y se dedican únicamente a graznar sin escuchar aportaciones ajenas. Es una sordera hecha por gritos que lo único que construye son muros infranqueables que bloquean cualquier discusión.
Las tertulias actuales se han convertido en campos de gente que afirmar sin escuchar, que enseña sin aprender y que se dedica a preguntar sin esperar la respuesta. Gente que para lo único que discute es para desahogarse y no para llegar a una conclusión, como quien tira la basura a un contenedor mientras espera que alguien vaya a recogerlo luego. Es la dictadura de la opinión en la que el argumento no es más que un mero instrumento para expresarse y no un medio para convencer; una vacuidad intrascendente que permite a uno escucharse. Una vanidad yoica que legitima ante el público que quien más grita tiene la razón. Y eso no tiene por qué ser así.
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