lunes, 31 de diciembre de 2018

2018: el año en el que nevó en Bilbao


“Cuando todo funciona razonablemente bien es fácil quejarse al primer sobresalto y entregarse al drama. Lo complicado es buscarle solución y seguir disfrutando de la vida.” (Oído por ahí)

Si Martín tuviera que hacer un balance de 2018 sería positivo, al igual que ocurre desde 2015. “Me caigo bien y hago lo que quiero” me comentó tomando algo. Acaba de cumplir su primer año fuera de casa, tiene una gran familia, buenos amigos y goza de salud. Aunque está satisfecho, sabe que, como cualquiera, tiene qué mejorar: “ha habido momentos donde lo he pasado mal, pero nada terrible”. Está tranquilo y sabe que con esfuerzo lo conseguirá: “no me pongo plazos, pero ya estoy soñando con cómo quiero ser en un futuro”. El año que viene será especial, porque vienen los treinta. “Mentalmente ya los he cumplido, no hay trauma”. Parafraseando a mi amama, “no me importa que me pregunten por mi edad, me preocupa dejar de cumplir años”.

El que se va es este año que deja un montón de buenos recuerdos: las finales de rugby, Zapato Azule, la boda de Marbella, Hondarribia, Aste Nagusia, las fiestas de Lekeitio, la primera en París, Euskaraldia, barbacoas, juergas excursiones, pintxopotes y desbarres varios... “Me lo he pasado muy bien y, encima, he cumplido tres sueños: ver Bilbao nevado, sacar el C2 y aprender a cambiar barriles de cerveza. Desde entonces me siento más viril.” Antes de irse le pregunté por los deseos para 2019: “salud, buenos momentos, seguir creciendo, que la de Madrid vuelva y ¡que el flequillo nos aguante!”. Que así sea, lo veamos y lo disfrutemos. ¡Nos vemos el año que viene!

Urte barri on danori!!! ¡¡¡Feliz años nuevo!!!!

Oh: iaz ez nendun laburpenik idatzi, baie akorduan zaitugu!

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Una película: Apocalipse Now (Francis Ford Coppola) 

Una canción: Little Dark Age (MGMT) 

Un libro: Dominique, artzain xiberutar bat Nevadan (Robert Laxalt, Xabier Mendigurenek itzulia)

Un disco: Ez entzun! (Zazkel)

Un mes: 18 de agosto al 16 de septiembre

Afición: Tumbarme en el sofá

Un concierto: Berri Txarrak en el BEC 

Una frase: “Eso es pensamiento mágico”

jueves, 20 de diciembre de 2018

Obsesionado con el ascensor

Al Schindler D-3587, por si las moscas 

Creo que el ascensor se ha enamorado de mí. Siempre me espera en el rellano, habla con voz seductora y me saca guapo en el espejo. Vivo en un quinto y ha llegado un punto en el que no paro de pensar en él. Es como cuando conocí a una chica llamada Begoña. De repente, empezaron a salir Begoñas por todos lados. Me daba la vuelta y aparecía una. Ponía la televisión y salía otra. Era una cosa terrible. ¡Todo el mundo conocía a alguna! Al final, caí y tengo miedo de que me ocurra lo mismo. Es grave enamorarse de una chica que no te gusta, pero, ¿de un ascensor? Eso tiene que ser aún peor. ¿Cómo me miraría la gente? ¿Qué les diría a mis padres? ¿Y él a los suyos? 

 Esto me recuerda a cuando empecé a perder pelo. Veía mechones por todos lados y,¡hasta los contaba! Por calle solo me cruzaba con gente con melena. Eran largas, tupidas, con un flequillo envidiable, como el que yo perdía. Tras unos meses deprimido, me di cuenta de que una cosa es que te crezca la frente y otra ser calvo. Ahí cambió todo y me convencí de que el mundo no conspiraba contra mí; sino yo contra él. Quizás ahora ocurra lo mismo y el ascensor esté programado para ser agradable, tenga horarios parecidos a los de los vecinos y el guapo sea yo. Es lo más razonable, pero por si acaso seguiré sonriéndole todas las mañanas, no vaya a ser que me deje encerrado, empiece a contar mis pelos y acabe acordándome de Begoña.

lunes, 19 de noviembre de 2018

La sonrisa de Martín


El otro día Martín me tocó al portal. Por fin había hablado con la chica. Debió ser una conversación muy fructífera, porque no paró de hablar durante todo el paseo. Se dio cuenta de que se la había metido con sacacorchos, aunque se quedó con las ganas de quedar con ella. “Soy un cabezón”, me confesó. Casi le abrazo. Llevamos un montón de años repitiéndoselo y ha tenido que verse en el espejo para darse cuenta. Luego me dijo que era por sus inseguridades. “Hablando con ella, sentí como si hubiera cogido un atajo y hubiera llegado al fondo de mis problemas”. “¿Qué quieres decir con eso?” le pregunté. “Que es la hora de que me enfrente a mis inseguridades, hoy y ahora”, zanjó. Lo afirmó seguro, “tengo ganas y voluntad, ahora sólo falta paciencia y acertar, lo voy a conseguir”.

Durante el tiempo que estuvimos le noté bien, tranquilo, aunque me decía que alternaba ratos tristes. “Me da pena que no haya salido, me cuesta mucho conocer a chicas así”, se lamentó. En esos momentos le venían recuerdos, recientes y antiguos, y todos tenían un patrón: se sentía seguro. “Ese es el objetivo”, añadió. Martín sabía que el proceso iba a ser largo. Ahora estaba en un momento más bajo, pero sabía que con paciencia y tesón vendrían los ‘altos’. También me confesó que echaba de menos sentirse deseado, “a todo el mundo le sube la moral”. Antes de irse dejó una última reflexión: “tengo una vía abierta, pero para saber si quiero cerrarla o embarcarme, antes tengo que estar seguro de mí mismo”. Hablaba de tener pareja. “¡Tantas vueltas para volver a los 15años!”, le contesté entre carcajadas. Y así nos despedimos. Yo me fui a casa y él a seguir con el paseo. Cuando nos separamos pensé que algo había cambiado en él, ahora sonríe.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Elogio al despertador


A mi vecino del A, por recordarme cada mañana que aún me queda media hora de sueño

Es muy agradecido ser futbolista, ejercer de estribillo en una canción o trabajar de nube en un atardecer. La gente es agradable contigo y aprecia tu labor. Se pega por sacarse fotos contigo y enseñárselas a sus amigos. Por el contrario, hay otros trabajos como ser policía, ejercer de váter o trabajar de servilleta en un bar que no tienen esa suerte. De entre todos, ser despertador es el más desagradecido. Es una labor colosal que requiere grandes dosis de sacrificio. Exige estar en vela toda la noche y no poder ni pestañear para no perder el ritmo. No solo debe despertar, algo terrible de por sí; sino que debe hacerlo cuándo y cómo se lo ordenen, sin miramiento. Si uno desea que lo levanten en cuatro horas a golpe de buzzer, debe cumplir con lo pactado. Por mucho que le duela la cabeza, por mucho que sepa que le está haciendo una faena. Al despertador siempre se le recibe con mala cara, incluso a golpes. Suena y suena, aunque que no le hagan caso. ¿Se imagina tener que llamar a su jefe cada mañana a las nueve en punto y no le contestase hasta la quinta?

Como ocurre con las cabinas telefónicas, la situación de los despertadores es complicada. Los antes elegantes despertadores, con sus agujas, su tic-tac, y sus dos antenitas, parecen cosa del pasado. El cambio ha sido gradual. Primero fue una señal de decadencia: el enchufe o la pila sustituyeron al agradable ejercicio de dar cuerda. Le siguió un mal negocio: su fusión con la radio. Luego llegó el destierro: la minicadena. El despertador perdió su nombre y le pusieron ‘Clock/ Timer’. Siempre he pensado que fue un caso de celos. La radio y el CD se consideraban amenazados por el despertador y lo condenaron al ostracismo. Por último, la estocada: el despertador es hoy una aplicación más entre las ‘alarmas’ del móvil, y sin icono propio. Una humillación.

Estamos ante el fin de una época. El mundo cambia y todo se integra en el teléfono, hasta los despertadores. Es algo inevitable, como el paraguas en primavera. Por eso, quiero homenajear desde aquí a ese trabajador incansable y recordarle a mi vecino que el despertador merece un trato digno. Que con que suene una vez ya basta. Que si no se despierta a la hora, que no es mi problema.

domingo, 14 de octubre de 2018

Hasta la siguiente, Martín!



Más que la sierva de la pasión, la razón es su jefe de la prensa.” (Jonathan Haidt)

La semana pasada Martín vino a cenar. Le invité a ver mi casa y, de paso, nos pusimos al día. Me contó que había conocido a una chica. Era inteligente, guapa y divertida. Hablaban mucho, casi todo el día, y de todo, pero no conseguía quedar con ella. “Parece que sólo quiere mi atención” se quejó triste. Lo había intentado un par veces y en ambas le dio ‘largas’. Además, ella tuvo un detalle muy feo, quizás involuntario, que le llevó a tomar la decisión de ‘terminar la relación’. “Ya me he visto esta película y acabo mal” zanjó. Por eso estuvo ausente las últimas semanas. Luego, ha intentado decírselo, pero no ha visto la ocasión. Lo peor son los posos: “ha despertado en mí sentimientos que parecían olvidados, como querer tener pareja”, me confesó. Había vuelto el Martín melancólico y sensible, aquel que parecía haber pasado a un segundo plano. “Es un fastidio esto de tener los sentimientos disparados”, sonrió resignado.

Como cada vez que se juntan dos viejos amigos, Martín y yo alternamos novedades con ‘batallitas’ y recuerdos de juergas varias. Me contó que había estado releyendo sus confesiones y que le habían hecho mirar las cosas con perspectiva. “Esta vez no se me ha caído el mundo encima”, subrayó. “Ahora estoy muy bien, me he independizado, tengo un trabajo que me gusta, una familia maravillosa y un montón de amigos y de planes, es lo que siempre he querido y voy a disfrutarlo” añadió seguro. Un discurso que viene de una reflexión más profunda: “antes tenía tendencia al drama, pero las cosas hay que tomárselas con naturalidad e intentar estar de buen humor el mayor tiempo posible”. Parece que va en serio, porque durante la cena no paramos de decir tonterías, nuestro pasatiempos favorito.

También hubo tiempo para charlar de libros, del Athletic y de viejos amigos, y hasta para volver al tema de la chica. Admitió que era una pena, pero estaba contento por cómo lo había afrontado. “He visto que he crecido como persona” dijo sonriente. Me explicó que había desarrollado varias tácticas para no darle demasiadas vueltas a las cosas. Por ejemplo, si estaba receptivo, respondía a sus pensamientos destructivos con argumentos racionales; sino, directamente oía en su cabeza un “bla, bla, bla...” hasta que pasaba a otra cosa. Martín quería seguir en esa dinámica positiva y marcó su próximo objetivo: ser más seguro con las mujeres. “Soy un tío cojonudo, soy inteligente, culto y divertido, ¿sería una pena que por mis inseguridades alguien se perdiera este partidazo, no?” resumió. Luego nos miramos y, entre risas, brindamos por lo que brindan dos viejos amigos: por ellos, por tener salud y por verse más a menudo. Hasta la siguiente, Martín.

sábado, 31 de diciembre de 2016

2016, un año de "democracia danesa"

 Siguiendo la tradición, prosigo en resumir el año 2016 que ha tenido Martín. La verdad no se puede quejar, todo lo que parecía irle bien en 2015 se ha "normalizado" en 2016: un trabajo exigente pero satisfactorio, nuevas amistades que le han permitido seguir conociendo nuevos sitios y experiencias; sin perder antiguas amistades o experiencias, y calma en su contradicción principal. No se puede quejar Martín, ha entrado en lo que podríamos llamar una "democracia danesa": un estado en el que se han conseguido unas bases muy buenas, por ejemplo, vivir en euskera; todo funciona bastante bien, pero en el falta épica. ¿Mejor así que las locuras de 2014, verdad? Creo que Martín está de acuerdo, a pesar de que eche de menos algunas curvas, pero él sabe que hoy por hoy está en una situación casi óptima.

Por eso creo que el resumen de este año va a ser algo corto. Ha habido cosas que han cambiado, por ejemplo, su amama ha pegado un cierto bajón, pero él sigue yendo a verla, sabiendo que 93 años son muchos; y otras que no, su ama sigue en Madrid, pero bien podríamos decir que Martín vive mejor que en 2015 y, sin lugar a dudas, infinitamente mejor que en 2013 o 2014. Ya no está perdido, ya sabe qué quiere hacer, y lo hace, y además en el ocio puede hacer un montón de cosas que antes quería hacer y no tenía con quien (descubrir Iparralde, por ejemplo). En pocas palabras, ha disfrutado de 2016, ha vivido muy buenos momentos como EHZ, Formentera, Aste Nagusia o el BBK Live y a 2017 le pide salud, que haya otros muy buenos momentos y seguir en el camino comenzado en 2015.

Así que solo me queda desearos feliz año nuevo y nos vemos en 365 días.

URTE BARRI ON!!! FELIZ 2017!!!!

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Una película: Amanece que no es poco (José Luis Cuerda)
Una canción: Astelehenak (Izaro Andres)

Un libro: Al este del Edén (John Steinbeck)


Un disco: Neguaren ostean (Mikel Uraken)

Un mes: Julio

Afición: Bañarme en el mar

Un concierto: Willis Drummond en Euskal Herria Zuzenean

Una frase: "klentxak"



sábado, 3 de septiembre de 2016

Mi vertedero sentimental

Es curioso, pero hay veces en las que no sabes qué sientes. Digo curioso, porque lo normal sería saber por qué estás así, sobre todo cuanto más te conoces; pero hay veces en las que los sentimientos se diluyen y es complicado saber dónde empieza uno y acaba el otro. Es como cuando entrevistas a alguien que admiras, no sabes dónde empieza el periodista y acaba el fan. También es curioso cuando consigues algo que tu cabeza dice “sí” y tu corazón “quizás”. Es curioso porque deberías estar orgulloso: has podido con las tentaciones y te has ahorrado un par de ridículos. Uno de los ridículos sería el rechazo, pero claro, cuando hablan las inseguridades nadie más escucha. Solo sientes una especie de vacío: es tu seguridad que se ha ido a por tabaco.

Es curioso, pero hay veces en las que te levantas de la cama y solo te apetece escuchar Los Piratas. Quieres oír Te echaré demenos y estar triste; sentirte como alguien a quien han dejado, pero no te sale. Es para autcompadecerte, recordarte que eres el mejor y que la vida sigue adelante, como en las películas, solo faltan la barra y la copa y decir “¿de todos los bares de Bilbao tuviste que venir al mío?”. Pero es mentira. No tienes bar. No estás mal. Querrías estarlo y no lo estás. Es curioso porque tus inseguridades hablan y estás desolado. Te gustaría estar mal para abrazarte. Pero no te han dejado. Piensas, luego dices, que te gustaría tener cerrados muchos capítulos cuando, en el fondo, sabes que tener una novia perfecta es el camino al bostezo. Todo eso, mientras escribes un par de renglones torcidos para desahogarte. Peores son las drogas. Y llorar, claro. No hay nada peor que llorar por nada.

Es curioso, pero hay veces en las que conoces a alguien, sientes un “clic” y el mundo se para. A mí no me ha ocurrido. Bueno, no últimamente. Hay otras veces en las que conoces a alguien y te abre puertas que pensabas cerradas. Es una sensación rara, porque el amor, se supone, es específico, individual y particular, pero en este caso es genérico, te recuerda que aún hay gente fuera que merece la pena conocer. Por eso, es difícil que cuando las cosas no salen sentir algo concreto, algo más que una pena genérica; un “casi estoy desolado”, algo más que un “voy a escuchar Turnedo para escavar en mis emociones”; que se diluye en distintas excusas (“Ojalá vivieras aquí”). Es curioso, porque una lágrima se asoma y piensas, “jode, cuánta mierda estoy soltando” y te acuerdas de los “quizás” que ocurrieron, y de los que no ocurrieron y, claro, de que cuando pones una canción de amor no piensas en nadie en concreto y sientes un vacío, como si estuvieses obligado, por naturaleza o por inercia, a estar enamorado de alguien. Aún no has puesto orden en ti mismo. Tienes heridas sin cerrar.

Es curioso, pero este blog es una especie de vertedero sentimental. Un lugar donde echar las piedras que llevo en la mochila. Podría haber sido otra cosa, un blog de opinión, o de, yo qué sé, cocina, pero no, es un vertedero sentimental en el que, como en las conversacionesde Whatsapp de un domingo por la mañana, recorres miga a miga los sentimientos de la noche anterior. Y mis sentimientos, algunos, claro; son estos. Claro que me gustaría amar a alguien, pero no me sale. Claro que me gustaría sentirme triste por anoche, pero no lo estoy. Claro que me gustaría abrazarme a mí mismo, pero no lo necesito. Claro que me gustaría autocompacerme, pero es estúpido. Es curioso, pero hay veces en las que los recuerdos pasan por delante de uno, como esos coches que ves por la calle una vez y nunca vuelven, y otras en las que se quedan anclados, como tu sonrisa, y piensas, ‘qué bonito sería’, aunque sabes que lo dices por decir; porque has recuperado la ilusión, pero no sientes pena, más allá de algo genérico; porque esa sonrisa no te acompañe. Es curioso, pero hay veces en las que ocurren estas cosas.