viernes, 28 de agosto de 2009

Martín (I)

En su pueblo no era muy conocido, como tampoco lo fue posteriormente en la ciudad. En Bilbao, más concretamente. Era un chico formal y taciturno. Tenía su grupo de amigos, a los que apreciaba y por los que luchaba, y también tenía a su familia, a la que honraba y respetaba. Martín era, por lo tanto, un chaval anodino. No era muy alto, pero tampoco bajo. De pelo castaño y ojos claros pasaba indiferente para las mujeres. No era conocido por sus grandes amoríos. Quizás había tenido un par o tres aventuras con chicas que conoció en fiestas de pueblos. Pero no había destacado por sus conquistas, algo que no le molestaba, pero que le punzaba el corazón y algo más abajo también. Él veía cómo se portaba bien con los demás, sin embargo, no veía que la Justicia Divina fuera honesta con él. No es que Martín fuera especialmente religioso, aun teniendo un tío párroco. No obstante, creía que existía una especie de Ley por encima de los hombres que repartía Justicia. De ahí que una de sus frases favoritas era “el tiempo pone a cada uno en su sitio”. También solía repetir, en momentos de mala uva, que “a todo cerdo le llega su San Martín”. Quizás por llamarse así, pensó que él era una especie de juez divino. Eso le consolaba, ya que justificaba su falta de fortuna con las mujeres. Martín representaba la sentencia de la Justicia Divina en forma de mujer. Pensaba Martín, y lo hacía en repetidas ocasiones, que quién tenía una buena mujer era alguien que había sido bueno. Luego, no se explicaba la violencia de género. Decía que la excepción confirmaba la regla, que había mucha bruja y loco suelto o, directamente, evitaba el tema. No quería que su balanza se desequilibrase. ¿Cómo consolarse si, ni siendo bueno, se va a ser feliz? ¿Para qué vivir entonces?

Había salido del pueblo en busca de trabajo y lo encontró. Trabajaba en una tienda de ultramarinos en la calle Iturribide en el Casco Viejo de Bilbao. Era una calle estrecha y algo oscura, en la que los bilbaínos se dedicaban a “chiquitear” (beber vinos y cantar). La tienda no era muy grande y ofrecía un poco de todo; desde alimentos hasta artilugios para limpiar el hogar. El dueño era un señor mayor que era primo de su padre y paisano suyo. Se llamaba Enrique de Larrabide, aunque Martín le llamaba “On Enrique” o, directamente, “Jauna” (señor). Además, el joven se dirigía a su jefe en “berorika” (fórmula eusquérica que sirve para mostrar respeto), en lugar del “Zu” que utilizaba en casa. Don Enrique tampoco es que fuera una persona arisca, era más bien de trato fino y amable, pero infundía respeto. Físicamente representaba al aldeano elegante. Vestía con estilo e iba siempre como “un pincel”. Olía a colonia y tenía maneras. Llevaba la tienda desde hacía 20 años, cuando vino a Bilbao de “hacer las Américas”. Don Enrique estuvo trabajando unos años en Estados Unidos como pastor e hizo allá mucho dinero. Era un trabajo duro y tuvo más de un problema con bandidos. Por eso, en cuanto pudo, volvió a Vizcaya, dónde, con el dinero ganado en ultramar, abrió el ultramarino en el que trabajaba en la actualidad. Sin embargo, aun yéndole bien, echaba de menos su pueblo y sus costumbres. No se hacía a la vida de ciudad, aunque tuviese grandes amigos y no le fuese del todo mal.

Martín aprovechaba el tiempo libre que tenía para distraerse. Paseaba, leía o quedaba con algún amigo. Normalmente solía ir al bar Melilla y Fez a degustar los pinchos de tortilla que ahí servían. El bar estaba en la misma calle en la que trabajaba y le conocían todos. Martín solía llegar después de trabajar. Tomaba una cerveza o un vino y charlaba con sus dos amigos Peru y Antón y con quién se pusiera por delante. Peru era como él, un hijo de aldea. Alto, fuerte, rubio, de ojos claros, era el terror de las mujeres que conquistaba sin casi desearlo. No obstante, su timidez, símbolo ancestral de los vascos, le impedía rematar la mayoría de las conquistas y sólo lo hacía con las más fogosas y descaradas. Al ser de otra zona de Vizcaya diferente a la suya, hablaba otro dialecto vizcaíno. Antón, en cambio, era bilbaíno de pura cepa. Criado en la Plaza Nueva había vivido siempre en la villa Liberal. Hijo de comerciantes de la Ribera, apenas hablaba vasco, que había perdido al mismo tiempo que sus padres aprendían el castellano. Por eso, Antón, Peru y Martín discutían sobre lo divino y lo humano en castellano, aunque a veces, las más, acababan a grito pelado en vasco. Sobre todo, cuando había desavenencias políticas o insultos de por medio. Por lo que visto, la fogosidad que no les despertaban las féminas en sus seres, lo hacía la política.

Los tres compartían algunas preocupaciones, a pesar de ser muy diferentes. Mientras Peru o el mismo Martín devoraban libros y periódicos, Antón se dedicaba a construir e inventar cosas. Eran mentes inquietas en una ciudad en la que aquello, aun siendo normal, pasaba inadvertido. No sabían adónde ir, ni cómo explotar sus dudas. Sólo pasaban el tiempo intentando arreglar un mundo que cada día se les hacía más grande y más injusto.

¿Continuará?

3 comentarios:

Sasetaurrena dijo...

Segi...

Nerea dijo...

Ha vuelto El Narrador. Segitzera animatzen zaitut nik ere.

Ausencio Gris dijo...

vaya pintxos...